Tristan und Isolde

Soprano dramática

Tristan und Isolde – Narración y maldición de Isolda – “Wie lachend…”

Wie lachend sie
mir Lieder singen,
wohl könnt’ auch ich erwidern
von einem Kahn,
der klein und arm
an Irlands Küste schwamm,
darinnen krank
ein siecher Mann
elend im Sterben lag.
Isoldes Kunst
ward ihm bekannt;
mit Heilsalben
und Balsamsaft
der Wunde, die ihn plagte,
getreulich pflag sie da.
Der “Tantris”
mit sorgender List sich nannte,
als Tristan
Isold’ ihn bald erkannte,
da in des Müß’gen Schwerte
eine Scharte sie gewahrte,
darin genau
sich fügt’ ein Splitter,
den einst im Haupt
des Iren-Ritter,
zum Hohn ihr heimgesandt,
mit kund’ger Hand sie fand.
Da schrie’s mir auf
aus tiefstem Grund!
Mit dem hellen Schwert
ich vor ihm stund,
an ihm, dem Überfrechen,
Herrn Morolds Tod zu rächen.
Von seinem Lager
blickt’ er her —
nicht auf das Schwert,
nicht auf die Hand —
er sah mir in die Augen.
Seines Elendes
jammerte mich! —
Das Schwert — ich ließ es fallen!
Die Morold schlug, die Wunde,
sie heilt’ ich, daß er gesunde
und heim nach Hause kehre,
mit dem Blick mich
nicht mehr beschwere!

Sein Lob hörtest du eben:
»Hei! Unser Held Tristan« —
der war jener traur’ge Mann.
Er schwur mit tausend Eiden
mir ew’gen Dank und Treue!
Nun hör, wie ein Held
Eide hält!
Den als Tantris
unerkannt ich entlassen,
als Tristan
kehrt’ er kühn zurück;
auf stolzem Schiff,
von hohem Bord,
Irlands Erbin
begehrt’ er zur Eh’
für Kornwalls müden König,
für Marke, seinen Ohm.
Da Morold lebte,
wer hätt’ es gewagt
uns je solche Schmach zu bieten?
Für der zinspflicht’gen
Kornen Fürsten
um Irlands Krone zu werben!
Ach, wehe mir!
Ich ja war’s,
die heimlich selbst
die Schmach sich schuf!
Das rächende Schwert,
statt es zu schwingen,
machtlos ließ ich’s fallen!
Nun dien’ ich dem Vasallen!

O blinde Augen,
blöde Herzen!
Zahmer Mut,
verzagtes Schweigen!
Wie anders prahlte
Tristan aus,
was ich verschlossen hielt!
Die schweigend ihm
das Leben gab,
vor Feindes Rache
ihn schweigend barg;
was stumm ihr Schutz
zum Heil ihm schuf —
mit ihr gab er es preis!
Wie siegprangend
heil und hehr,
laut und hell
wies er auf mich:
»Das wär ein Schatz,
mein Herr und Ohm;
wie dünkt Euch die zur Eh’?
Die schmucke Irin
hol’ ich her;
mit Steg’ und Wegen
wohlbekannt,
ein Wink, ich flieg’
nach Irenland:
Isolde, die ist Euer!
Mir lacht das Abenteuer!«
Fluch dir, Verruchter!
Fluch deinem Haupt!
Rache! Tod!
Tod uns beiden!

¡Cómo, riendo,
me cantan canciones!
Yo les podría replicar, hablando
de un bote
que, pequeño y miserable,
navegó hasta la costa de Irlanda.
Dentro, enfermo,
un hombre, muy grave,
agonizaba, el desdichado.
El arte de Isolda
le era conocido.
Con ungüentos
y bálsamos
la herida que lo atormentaba
ella le curó fielmente,
“Tantris”, se hacía llamar,
con astucia calculada,
pero como Tristán
Isolda pronto lo conoció
porque en la espada del convaleciente
observó una muesca
donde exactamente
encajaba una astilla
que ella había hallado en la cabeza
del caballero irlandés,
enviada a ella para humillarla,
y de donde la extrajo con mano experta.
Entonces lancé un grito
surgido de lo más profundo.
Con la brillante espada
me hallaba ante él,
para vengar en aquel insolente
la muerte del caballero Morold.
Desde su jergón
levantó la mirada
no hacia la espada,
ni hacia la mano,
sino que me miró a los ojos.
Su infortunio
me atormentaba,
¡y dejé caer la espada!
La herida causada por Morold,
le curé, se recuperó
volvió a casa, a su patria,
y no tuve que soportar más
su mirada.

Ahora ya has oído cómo le alaban:
“¡Saludemos a nuestro héroe Tristán!”,
éste es aquel pobre hombre.
Me juró mil veces
fidelidad y agradecimiento eterno.
¡Ahora ya has oído cómo un héroe
cumple sus promesas!
Porque aquel Tantris
que dejé marchar sin delatarlo
ahora es Tristán,
y vuelve, lleno de audacia,
sobre la alta cubierta
de una nave altiva.
A la heredera de Irlanda
pide en matrimonio
para el cansado rey de Cornualles,
para Marke, su tío.
Si Morold viviese,
¿quién habría osado
infligirnos una vergüenza así?
¡Que un noble de Cornualles,
ue debería paganos tributos,
pretenda la corona de Irlanda!
¡Ah, desventurada!
¡Fui yo misma
quien, secretamente,
me procuré esta vergüenza!
En lugar de blandir
la espada vengadora,
la dejé caer, impotente.
¡Ahora soy la sirvienta de los vasallos!

¡Ah, ojos ciegos,
corazones estúpidos!
¡Ánimo servil,
silencio pusilánime!
¡De qué modo tan distinto
Tristán aireó
lo que yo mantuve oculto!
Silenciosa,
yo le di la vida;
de la venganza de los enemigos
lo protegí callando.
Pero la protección silenciosa de ella,
que le devolvió la salud,
¡la paga traicionándola!
Fanfarroneando por la victoria,
con arrojo y orgullo,
descarado y gritando,
me señala y dice;
“Vaya tesoro,
señor y tío mío.
¿Qué te parecería para casarte?
La irlandesa bien ataviada
te traeré.
Por mar y por tierra,
conozco bien la ruta.
Hazme una señal,
y vuelo hacia Irlanda.
¡Isolda es tuya!
La aventura me encantará!”
¡Maldito seas, infame!
¡Caiga la maldición sobre tu cabeza!
¡Venganza! ¡Muerte!
¡Muerte a los dos!